Aprendió el lenguaje haitiano por el padre, natal de ese hermano país y que, además, no hablaba otra lengua. Su abuela materna, también haitiana, llegó a Cuba por Nicaro; lugar que la uniría a Marcelino Salomón (su abuelo). Ambos dieron lo mejor de sí para criar a nueve hijos, muchas veces a fuerza de machete en el corte de caña…
…La etapa colonial arreciaba la vida de los pobres. Después vinieron otros tiempos, difíciles también. La Revolución no había triunfado, pero esa cadena de sacrificios daría pie al nacimiento de Floriana en 1948, quien se convertiría, luego, en una gran maestra, madre y mujer.
Adversas condiciones tuvo que afrontar su familia en la lucha por sobrevivir. Durante la zafra anual, su padre buscaba el sustento del hogar. Sin embargo, en el llamado “tiempo muerto” no se trabajaba. Por tanto, él se quedaba cuidando los sembrados y los animales para que su esposa, con ayuda de las hijas (Berta, Cristina y Floriana), recogiera café en la Sierra Maestra.
Ahora, ya ha pasado mucho tiempo… los restos de su padre y abuela descansan en sus tumbas. Sin embargo, no puede evitar llenarse de tristeza por el devastador terremoto que azotó el 12 de enero del presente año a Haití.
Así me dijo: “En estos días he llorado mucho por las consecuencias de esa catástrofe; traducir las palabras que entiendo al escuchar los reportes es realmente duro…Mi padre mencionaba mucho Puerto Príncipe; deduzco que vivía cerca de ese lugar…Por otro lado, nunca tuvimos comunicación con el resto de nuestros familiares; quizás hasta perdí parte de esa familia que no conocí”.
Floriana resume el sentir de los millones de cubanos que actualmente se sensibilizan con esa sufrida nación. Hoy es una cubana llena de sueños y metas, pero que guarda en lo más hondo sus raíces. Muestra de ello son las siguientes palabras: “Yo hubiese querido ir a Haití para ayudar a mis hermanos”.








